II domingo de cuaresma, ciclo b

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Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18, Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 31b-34 y Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10               

             Hay un dicho que dice que Dios a prieta pero no ahoga. Abrahán descubre en sus propias carnes lo que significa la fidelidad a Dios. Lo que más quiere en el mundo, su hijo. Dios se lo pide. Abraham en un acto de confianza y fe se lo da. La relación con Dios pasa por esta prueba vital. En nuestra vida espiritual siempre tenemos la tentación de dejar a Dios en un segundo plano. El trabajo, el ocio, la familia… siempre buscamos escusas. Si queremos tener una relación sincera con Dios hay que pasar por esta prueba.

            El tiempo de Cuaresma es un buen momento para reflexionar que es lo que más quiero en esta vida y descubrir si estoy esclavizado a ello. Hay personas que viven para el trabajo y cuando llega la enfermedad y no pueden trabajar se derrumban, otros viven esperando el fin de semana para divertirse y pasan la mitad de la semana amargados e incluso hay aquellos que lo que más quieren lo ponen en las cosas materiales y cuando no pueden tenerlas se deprimen. Podríamos seguir poniendo un montón de ejemplos más, en todos ellos vemos el sin sabor de la vida. De ahí que Dios cuando quiere que le entreguemos lo que más queremos no es para hacernos sufrir, sino para que descubramos la verdadera felicidad a la que estamos llamados.

            A lo largo de la historia del cristianismo muchas personas han buscado el desapego de las cosas mundanas para llenarse de Dios. Los Padres del desierto, lo buscaban en la soledad, lejos de las tentaciones. Las ordenes mendicantes como los Franciscanos, Agustinos… lo buscaban en el desapego de las cosas materiales. Y los Santos ponían el evangelio como norma y actuar de su vida. Es importante no mirar para atrás como nos dice Jesús. Tenemos que coger nuestra cruz y descubrir que cuando le entregamos a Dios nuestra vida encontramos más de lo que damos. Hasta que no le hallamos dado a Dios lo que más queremos no podremos ser felices. San Agustín decía que es más feliz el que menos tiene pues su corazón esta desprendido de las preocupaciones del acumular. Demos a Dios lo que es de Dios y lo que es de Dios es su creación. Dentro de ella lo más precioso, Nosotros.

            El sufrimiento es parte de la vida. Siempre lo hemos escuchado y cuando lo experimentamos descubrimos la verdad de esa afirmación. Hay muchas maneras de vivir el dolor. Desde la soledad, la compañía, la adicción a una droga… Y también desde la fe. San Pablo nos pide que la vivamos desde esta última posición. Nos dice: ¿Si Dios está con nosotros? ¿Quién está contra nosotros? Dios entrego a su hijo Jesús por nosotros. Para San Pablo esta es la mayor justificación del amor de Dios hacia nosotros. El dolor no se debe vivir en soledad, hay que compartirlo con Dios. Dios quizá no nos lo quite, pero sí estará a nuestro lado. Uno de los sufrimientos que todos hemos pasado es ver algún familiar enfermo y que ya no tiene cura. Oímos comentarios de como Dios puede permitir esto… Si Dios existiera no permitiría tal sufrimiento… No hay palabras, ni discursos, para consolar aquellos que lo dicen. Pero uno en el interior siente que Dios esta hay. No nos corresponde a nosotros justificar el actuar la manera de Dios, pero sí que el silencio de nuestras palabras se convierta en acciones de comprensión y empatía hacia el que sufre.

            El evangelio de este domingo siempre me ha hecho cierta gracia, sobre todo la actitud de Pedro de lo bien que estaba en la montaña. En la iglesia actual también pecamos de lo bien que estamos. ¿y por que lo digo? Se ha metido entre los católicos una espiritualidad desligada de la realidad. Todos conocemos hermanos, e incluso nosotros, que viven una doble vida de fe. Van a misa, rezan el rosario, hacen adoración delante del Santísimo, cumplen con el sacramento de la confesión… y luego fuera de estos actos viven ajenos a las enseñanzas del evangelio. Pedro tuvo que enfrentarse a la realidad cuando bajo de la montaña. Y en la iglesia actual ¿Se ha bajado de la montaña? La tentación del hombre siempre ha sido buscar la comodidad e incluso las instituciones. Jesús nos dice que hay que bajar si queremos ser verdaderos discípulos. Los discípulos no entendían eso de resucitar. Lo comprendieron después. Antes hay que pasar por la cruz. Hoy necesitamos personas proféticas que pongan la realidad en la oración, que la oración los lleve a vivir los valores evangélicos. Instituciones que promuevan los valores evangélicos desde una espiritualidad encarnada.

            Jesús se nos presenta como el Hijo de Dios. Él es el camino, la verdad y la vida. En esta cuaresma bajemos de la montaña, cojamos nuestra cruz y presentémosla a Dios como hijos que confiamos plenamente en Él.

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