"Aquella sierva tuya, oh Dios, me alumbró en la carne para la vida temporal, y me dio a luz según su corazón para que renaciese a la vida eterna. No diré sus dones, sino tus dones en ella.

Educada en honestidad y templanza y entregada a su marido, se afanó en ganarlo para Ti, hablándole de Ti con sus costumbres, con las que la embellecías y hermoseabas, haciéndola digna del respeto, el amor y la admiración de su marido. Esperaba que tu misericordia descendiese sobre él, dándole la fe.

A esta buena sierva tuya, en cuyo seno me creaste, Dios mío y misericordia mía, le habías otorgado otra dádiva muy grande. Y era que entre las almas que estuviesen en discordia se mostraba tan pacificadora que solamente comunicaba lo que podía contribuir a reconciliarlas, siendo tú, Dios mío, misericordia mía, su maestro íntimo en la escuela de su corazón.

Todos los que la conocían te alababan, honraban y amaban en ella, porque sentía tu presencia en su corazón atestiguada por los frutos de una conversación santa. Había sido mujer de un solo hombre, había rendido a sus padres los debidos respetos, había gobernado su casa piadosamente y contaba con el testimonio de las buenas obras. Había criado a sus hijos alumbrándoles tantas veces cuantas veía que se desviaban de Ti. En la inminencia del día en que había de salir de esta vida aconteció, por amorosa y oculta providencia tuya, que ella y yo estuviésemos solos, asomados a una ventana, desde donde se veía el huerto de la casa donde nos hospedábamos, en Ostía Tiberina, donde apartados del bullicio de la multitud, tras la fatiga de un largo camino, restaurábamos nuestras fuerzas para la navegación. Olvidando lo pasado y proyectándonos hacia lo por venir, buscábamos juntos la luz de la verdad presente que eres Tú. Abríamos los labios del corazón, anhelantes y sedientos de los soberanos raudales de tu manantial, fuente de vida.

Seguimos ascendiendo aún más dentro de nuestro interior, pensando, hablando y admirando tus obras. Y llegamos hasta nuestras mismas mentes, y seguimos nuestro avance remontándolas hasta llegar a la región de la abundancia inagotable, donde apacientas a Israel eternamente en los pastizales de la verdad, allí donde la vida es la Sabiduría por la cual se crean todas las cosas de aquí.

Y mientras hablábamos, llegamos a tocar un poco de esa Sabiduría que eres Tú, en un supremo vuelo del corazón. Y lanzamos un hondo suspiro y dejamos prendidas allí las primicias del espíritu, y volvimos al sonido de nuestra boca, que es donde tiene principio y fin la palabra. ¿Y qué hay semejante a tu Palabra, nuestro Señor, que es estable en sí misma sin envejecer y que es renovadora de todas las cosas?

Y dijo ella: «Hijo, ninguna cosa me deleita en este mundo. No sé qué más haré yo aquí, consumada toda esperanza de este siglo. Una cosa había por la que yo deseaba detenerme en la vida, y era la de verte cristiano católico antes que muriese. Con creces ha realizado Dios mi deseo».

Después, cayó enferma de fiebres y a los cincuenta y seis de su edad y treinta y tres de la mía aquella alma religiosa y buena fue separada de su cuerpo.

27. "Depositad este cuerpo mío en cualquier sitio, sin que os dé pena. Sólo os pido que dondequiera que estéis, os acordéis de mí ante el altar del Señor"

Al cerrarle los ojos, una inmensa tristeza me inundó el corazón e iba resolviéndose en lágrimas. Simultáneamente, mis ojos, ante la orden de mi espíritu, reabsorbían su fuente hasta secarla. Era una lucha que me hacía mucho mal. Pero ella ni había muerto miserablemente, ní había muerto del todo. De esto estábamos seguros por el testimonio de sus costumbres y de su fe no fingida"

¿Qué es lo que tanto me dolía interiormente, sino la herida reciente provocada por el repentino desgarro de aquella costumbre tan dulce y tan querida de la convivencia? Es cierto que me sentía reconfortado con el testimonio que me había brindado durante su enfermedad: como respuesta a mis atenciones por ella, me llamaba piadoso. Recordaba que nunca había oído de mis labios la menor expresión dura ni ofensiva contra ella.

Pero, Dios mío, ¿qué era este respeto y honor que le había guardado en comparación de la esclavitud a que ella se había sometido por mí? Por eso, al verme abandonado de aquel gran consuelo que su persona me proporcionaba, sentía el alma herida y mi vida casi despedazada. Esta vida que había llegado a ser una sola con la suya.

Después entoné un salmo: "voy a cantar tu bondad y tu justicia, Señor".

Los amigos habían estimado conveniente no dejarme solo. Me escuchaban con educación y me consideraban insensible al dolor.

Pero bien sabía yo la debilidad de mi sentimiento, aunque no se resolviera en lágrimas ni me alterara el semblante. Bien sabía yo la pena que sofocaba mi corazón.

Cuando se ofrecía por ella el sacrificio de nuestro rescate [ ] me invadió una profunda tristeza interior. Te pedía que curases mi dolor.

[ ] Entonces sentí ganas de llorar en tu presencia por ella y por mí. Y di rienda suelta a mis lágrimas, poniéndolas como un lecho a disposición del corazón. Este halló descanso en las lágrimas. Porque allí estabas Tú para escuchar.

Ahora, Señor, te confieso todo. Que lo lea el que quiera. Y si estima pecado el que yo haya llorado durante una hora escasa a mi madre, mientras ella me había llorado durante tantos años para que yo viviese ante tus ojos, que llore también él por mis pecados en presencia tuya.

Derramo ante ti, Dios nuestro, otras lágrimas por aquella sierva tuya. Son lágrimas que brotan de un espíritu agitado por la consideración de los peligros que rodean a toda alma que muere en Adán. Porque, si bien es cierto que mi madre, vivificada en Cristo, vivió con su fe y con sus obras de modo que procuró alabanzas a tu nombre, no me atrevo a afirmar que, desde su regeneración por el bautismo, no haya salido de su boca una sola palabra contra tu precepto. Por otra parte, ¡ay de la vida de los hombres, por laudable que sea, si la examinas dejando a un lado la misericordia! Pero como no investigas a fondo nuestros delitos, esperamos confiadamente ocupar un puesto a tu lado. Por lo demás, quien contabiliza en tu presencia los méritos propios, ¿qué otra cosa hace sino enumerar tus dones?

Así pues, alabanza mía y vida mía, Dios de mi corazón, por sus buenas acciones te doy gracias. Te ruego, ahora, por los pecados de mi madre. Escúchame en nombre del médico de nuestras heridas que pendió del madero y que, sentado a tu derecha, intercede por nosotros. Sé que fue misericordiosa en sus acciones, que perdonó de corazón las deudas a sus propios deudores. Perdónale tú también las suyas. Perdónala, Señor, perdónala, te ruego. No entres en juicio con ella. Triunfe la misericordia sobre la justicia, porque tus palabras son verdaderas y prometiste misericordia a los misericordiosos.

Creo que ya has hecho lo que te pido, pero aprueba, Señor, los deseos de mi boca. Estando ya próximo el día de su liberación, mi madre no anduvo pensando en que su cuerpo recibiera sepultura en un monumento selecto. Sólo expresó el deseo que nos acordáramos de ella ante tu altar. Sabía muy bien que en él se dispensaba la víctima santa. En el altar se consigue la victoria contra el enemigo que trata de acusarnos, y no halla nada en Aquel en quien somos victoriosos.

Que nadie la aparte de tu protección. Que no se interpongan el león ni el dragón con la fuerza o con la astucia. Tu sierva responderá que sus deudas le han sido perdonadas por Aquel a quien nadie podrá restituir lo que dio por nosotros.

Descanse en paz con su marido. A él sirvió.

Inspira, Señor y Dios mío, a mis hermanos, de modo que se acuerden ante tu altar de Mónica, tu sierva, y de Patricio, mediante cuya carne me introdujiste en este vida.

Que se acuerden con sentimientos de piedad de los que fueron mis padres en esta luz pasajera, y hermanos míos que te tienen como Padre dentro del seno de la madre Iglesia Católica, conciudadanos míos en la Jerusalén eterna, por la que suspira tu pueblo durante su peregrinación, para que lo que mi madre me pidió en el último instante, quede ampliamente satisfecho en las oraciones de muchos y en las mías personales. (SAN AGUSTIN. Confesiones. Libro IX, 17-37)

Audios sobre Santa Mónica
(Tomado de Ivoox.com: canal "Noticias luz"

Una canción dedicada a Santa Mónica, la madre de San Agustín. Una canción para todas las madres y, sobre todo, para tantas y tantas "mónicas" que han sembr ado la semilla de la fe en el corazón de sus hijos. Mónica mantuvo la fe y la esperanza; ¡mantened vuestra fe y vuestra esperanza, mientras seguís confiando vuestros hijos a Dios!(Tomado de Ivoox.com: canal "Confieso tu amor"

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