Agustín nació el 13 de noviembre del años 354 en Tagaste, un pueblecito de la provincia romana de Numidia, al sur de Hipona y próximo a la frontera con Túnez, y que que hoy pertenece a Argelia.

De pequeño era un chico inteligente. Pero le gustaba más jugar que estudiar. Hizo sus estudios primarios en Tagaste y los secundarios en Madaura, un pueblo cercano, con muchísimo éxito.

Era bastante chulo y vanidoso. Le encantaba sobresalir. Era un peleón y le gustaba demostrar que era el más fuerte.

A los diecisiete años fue a Cartago. Allí, a falta de televisión, Agustín se divertirá con el teatro y circo romanos.

Cartago era una de las ciudades del Mediterráneo más importantes de la época.  Allí fue Agustín a estudiar Retórica, una carrera que estaba de moda por aquel entonces.  Agustín busca triunfar.

Agustín empezará a estudiar en serio. Será el primero entre sus compañeros, empezando a ser conocido y alabado por la gente.

El reconocimiento de los demás aumentará su orgullo, vanidad y ambición.  La meta de su vida será en ese momento triunfar en su profesión.

A los diecinueve años lee un libro de Cicerón titulado   ‘’Hortensio’’, que despertará en Agustín otro gran ideal:  ALCANZAR LA VERDAD.  Comenzará una larga y penosa búsqueda de la verdad que durará muchos años.

En la búsqueda de la verdad, cae en la trampa de los maniqueos, una secta religiosa que se disfrazaba de cristianismo. Le comieron el coco de tal modo que durante nueve años será uno de ellos y propagará su doctrina.

Mónica llorará mucho al ver que Agustín entra en el error maniqueo. Pero un sueño le devolverá la esperanza de que algún día su hijo alcanzará la Verdad.

Regresó a Tagaste con su mujer e hijo, y allí volvió a encontrarse con un amigo de la infancia; pero al poco tiempo ese amigo enfermó y murió. Al joven Agustín se le partió el corazón de dolor.  Todo el Tagaste le recordaba al amigo muerto. Decidió, por ello, volver a Cartago donde encontró el consuelo de sus amigos.

Para poder vivir y alimentar a su familia, abrirá en Cartago una escuela para los estudiantes cartagineses. 

En la capital de África, Cartago, vuelve a encontrarse con compañeros maniqueos de tertulias filosóficas.  Agustín sigue la búsqueda de la Verdad.  Logra hablar con  Fausto, el gran sabio maniqueo, pero se da cuenta de que no es más que ignorante con buena voluntad. Empieza a tener dudas de que los maniqueos posean la verdad.

Sus alumnos cartagineses eran unos gamberros que no estudiaban, ni le pagabas.  Sus amigos le recomiendan que se vaya a Roma, donde le irá mejor como profesor.  Agustín se embarca hacia allí, engañando a su madre, quería ir con él.

Tras superar una gravísima enfermedad, descubre que su porvenir no está en Roma, donde los estudiantes romanos eran tan malos como los cartagineses.  Decide presentarse como catedrático de Retórica en Milán.

Sólo le satisfacía estar con sus amigos y, de un modo especialísimo, con Alipio y Nebridio.  Alipio era, como Agustín, natural del pueblo de Tagaste.

En Milán, Agustín era un personaje importante. Su mujer era de condición humilde. Si quería seguir triunfando tenía que dejarla y casarse con una mujer rica. Agustín fue débil y podo más su ambición. Su mujer se volvió a África y él se sintió solo y herido.

La soledad, el absurdo de su vida, su cobardía, la lectura de los libros de unos pensadores llamados neoplatónicos y, sobre todo, las charlas con  Ambrosio, obispo de Milán, llevaron a Agustín a reflexionar seriamente. Así empezó a intuir la luz de la Verdad.

Agustín vuelve a la lectura de la Biblia. Allí empieza  a vislumbrar que la Verdad es Cristo.  Con la ayuda de Ambrosio, Simpliciano, Ponticiano y otros muchos, se convence de que en el cristianismo se encuentra la Verdad.

Agustín se retira a una casa de campo, a las afueras de Milán, al pie de los Alpes, con su madre, su hijo y otros amigos.  La finca se llama  Casiciaco. El estudio, el trabajo manual, la oración y el diálogo es la ocupación diaria.

La situación personal de Agustín estalló. Una tarde, estando en casa con Alipio, después de recibir la visita de Ponticiano, que les contó la conversión de dos funcionarios imperiales y la vida de San Antonio Abad, Agustín no resistió más y corrió al jardín. Allí lloró. Y escuchó una voz que decía:  “toma y lee”.

¡No necesitaba más ¡   Era el paso definitivo que necesitaba. Se lo dijo a Alipio, que también quería convertirse, y ambos fueron a comunicar a Mónica su decisión.  ¡Qué alegría más inmensa fue para todos ellos ¡

Agustín abandona por completo su profesión y c omienza a preparse para recibir el bautismo con su hijo y sus amigos.  Ahora se dedicará a reflexionar, a rezar y a escribir sus primeros libros importantes.

En la fecha del 24 al 25 de abril del año 387, Agustín, Adeodato (su hijo) y Alipio recibieron el bautismo en Milán de manos del obispo Ambrosio.   Llenos de alegría, Agustín y Mónica sentían a Dios dentro, resbalando por sus venas. Las lágrimas de la madre por el hijo no eran ahora de pena, sino de gran felicidad.

Deciden volver a Tagaste, donde comienzan un nuevo estilo de vida. En Ostia, el puerto de Roma, esperando un barco que les llevase, murió Mónica. Murió feliz, pero Agustín y sus amigos no pudieron reprimir  el llanto por esa pérdida tan dolorosa.

En los últimos meses del año 388, Agustín embarcó para África. Vuelto a Tagaste, iniciaron una vida de convivencia fraterna, siguiendo el ideal de vida común de la primitiva iglesia.  Durante este tiempo, muere Adeodato (el hijo de Agustín) todavía muy joven. Agustín se encuentra con los grandes pasajes de la vida: la conversión a Dios, la muerte de su madre y la de su hijo.

Valerio, obispo de Hipona y de origen griego, tenía dificultad para expresarse en latín, por lo que pidió ayuda a Agustín. En Hipona, y a su pesar, los cristianos le nombraron por aclamación para ser el sacerdote de su comunidad.

Llamó a algunos de sus amigos para formar una nueva comunidad de monjes en Hipona. En el año 396, al poco tiempo de ser ordenado sacerdote, fue elegido obispo de Hipona, tarea que ejercerá durante treinta y cuatro años.

A todos recibía, en especial a los más necesitados. A todos consolaba. A todos iluminaba con su sabiduría.  Siempre dejaba tiempo para la oración; pues sabía que ahí radica la fuente del amor y del servicio a los demás.

Al mismo tiempo, las obras escritas de Agustín se van conociendo al otro lado del mar, así como el estilo de su monasterio. De aquellos muros van saliendo sacerdotes y obispos para distintas iglesias.

Agustín fue también un gran intelectual, quizás el más grande pensador cristiano de la historia. Trató de dar sentido a una época llena de conflictos. Escribió muchos libros. Algunos son universalmente famosos como  Confesiones, La Ciudad de Dios, De la santísima Trinidad, Soliloquios, Del maestro, De música.

Al final de sus días mandó copiar en grandes pergaminos los salmos y colocarlos frene a su cama. Así los leía y oraba mientras esperaba la muerte arropado en la esperanza de encontrarse con Dios Padre que perdona y nos mira con ternura.

Agustín murió el  28 de agosto del año 430. Pero ha seguido y sigue vivo entre nosotros, porque su mensaje y su testimonio son también para el hombre de hoy, para el hombre de siempre.

Agustinos y agustinas, y muchos seglares con ellos, en todo el mundo, siguen el ideal de Agustín de vivir en comunidad de amor para buscar juntos la Verdad, que es Dios, y servir a los hombres allí donde sea necesario.

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